Lo que me gusta de Pekín

Recuerdo cuando llegué a Pekín la primera vez. Fue en una mañana de verano y el cielo estaba completamente ennegrecido y así permaneció durante dos días, después, una enérgica tormenta, que duró varias horas, nos dejó ver el sol, que a partir de entonces nos acompañó en todo el viaje.

Las primeras horas en Pekín fueron impactantes. Nuestro hotel estaba en un hutong cerca de la plaza de Tiananmen. Los hutones son antiguos barrios, llenos de callejuelas estrechas formadas por casas  con patios interiores, restaurantes, puestos de dim sum, peluquerías y comercios.  Están llenos de gente, de bicicletas y rickshaws, de comerciantes, de mujeres lavando a sus hijos, de hombres  jugando al mahjong… no había visto tanta vida desde aquella vez que nos hicieron mirar la placa de petri en octavo de EGB.  Era emocionante, pero demasiado estímulo para dos viajeros agotados y con ganas de descansar. Habíamos consumido ya las pocas energías que nos quedaban atravesando Pekín desde el aeropuerto en autobús y metro y las fuerzas nos flaquearon en medio de ese bullir fantástico, desorientados y desconcertados.

Fuimos incapaces de encontrar el hotel que habíamos reservado y, como todavía nos quedaba algo de lucidez, nos metidos en un hotel chino de medio pelo, pero con dos camas y una ducha,  lo suficiente para descansar unas horas y emprender la búsqueda de nuestro hotel. Por fin lo encontramos, ya de noche, y nos trasladamos sin problemas. Por cierto, el hotel chino tenía sus peculiaridades y los ocupantes tenías las puertas de sus habitaciones abiertas, supongo que para generar algo de corriente, porque el calor era mortal.  Me acuerdo perfectamente de un señor en camiseta interior apoyado en la puerta abanicándose con un pai pai muy lentamente.

A los pocos días de estar allí ya éramos los dueños de la ciudad. Nos alquilamos unas bicicletas y recorrimos las grandes avenidas y las calles estrechas sin miedo a perdernos porque nos daba igual. Visitamos el Palacio de verano, la Ciudad Prohibida, el Museo Nacional, el Museo de cera… en fin, disfrutamos muchísimo. Pero lo que más me gustó de Pekín no fueron estas visitas, ni la excelente comida o los paseos en bicicleta, lo que más me gustó ocurrió una noche paseando por los alrededores del río.

Íbamos charlando y de repente nos encontramos con un montón de gente reunida que… estaba bailando en la calle. Cincuenta personas haciendo una coreografía casi marcial con la canción de ese año de Britney Spears. Increíble. Estábamos fascinados. Recuerdo que hablamos con un señor que nos contó que todos los días desde hacía treinta años bailaba dos horas en aquel lugar, al aire libre y que, por supuesto, no había pisado un hospital en su vida. Algo así merece la pena verlo, y además, bailar, como dice mi compañero de viaje, Daniel, merece la pena hacerse aunque se haga mal.

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